Ranulfo, el hombre
Escribe: María Alvarado
Publicado en el suplemento dominical del diario La República
22-12-1991
Un compositor Ayacuchano cuya
obra y vida resumen bien el destino
de un Pueblo marcado por violencia.
En el Pukaray, frente a la Plaza de Armas de Ayacucho,
un hombre de ojos negros grandes y mirada profundo apura
el caldo de res, humeante. Es delgadísimo; más
bien pequeño. Tiene el rostro marcado por la intensidad
de 47 años vividos .Hoy sus dedos largos y huesudos
no desgarran las cuerdas de guitarra en su casa de San Sebas
(San Sebastián), el barrio más bonito
de Ayacucho. Tampoco entona con voz grave algún
huayno. Está frente a la Plaza de Armas, en un pequeño
restaurante , tratando de saborear el caldo de res , sin
quemarse la boca .Una voz nasal , devuélveme a mi
chica, puro rock español, Hombres G, se escucha por
radio Wari. En una mañana huamanguina, tomando desayuno
que parece más bien almuerzo, empieza nuestra conversación
con el notable compositor de música andina Ranulfo
Fuentes.
Punqui, donde vivió la primera década de su
vida , es la primera imagen que afloran su mente. Allí
pasó momentos agradables y desagradables, toda la
infancia, los once años. Eran los tiempos en que
los niños del pueblo le llamaban “Ranucha”,”Overo””Chicchi”,que
en quechua quiere decir “manchitas”, por lo blanco y pecoso
que era.
Cuando murió su madre , Lucía Rojas Sosa,
su padre se llevó a él y a Amadeo, su
hermano, a la selva. Allí compartió con los
niños chunchos, aprendió sus costumbres y
su lengua.
Entonces Ranulfo apenas sí conocía algunas
palabras en castellano, hablaba el quechua.
Después de perder a su padre, regresó a Punqui.
Punqui, allí se despidió de su pueblo. Allí
la gente era buena y hospitalaria, cariñosa. Le obsequiaron
monedas de 20 centavos. En cada comunidad a su paso
hacia Ayacucho “Ranucha” fue despedido por la gente del
pueblo, en los “Cruzpata” , donde se reúnen a despedir
a los seres queridos.
En Lima estudió y trabajó, y los primeros
años de su adolescencia los pasó entre el
barrio de Piedraliza del Rímac, la escuela de la
vecindad, 487. Allí donde lo despreciaron y lo embromaron
por ser serrano. “Había una marginación contra
todos los serranos, se carcajeaban, nos fastidiaban”.
¿Te resintió mucho esa marginación?
No, nada, contesta Ranulfo. Entonces recuerda San Miguel,
la capital de la provincia ayacuchana. Recuerda al personaje
Paco Yunque cuando llega a la escuela, “El era un chico
del campo. Igual que cuando llegué a San Miguel,
había otra gente. Esa zona era de hacendados, de
pequeñas haciendas, sus hijos eran niños “los
señoritos”. Allí, como después lo haría
en Lima, también tuvo unas cuantas peleas. En Lima,
donde compartía sus ratos libres degustando del vals,
el género con el que se inició en la composición.
Su primera canción la dedicó a su madre Lucía.
A ella la recuerda, alta, espigada, con una mata de cabellos
rojizos. Enérgica, dedicada al hogar. Recuerda los
temas en boga de entonces, que lo apasionaban:”Locura” “Imaginación”.Cita
a los “Trovadores del Perú” “Los Troveros”, “Los
Chamas”, “Irma y Oswaldo”. Recuerda a un cuaderno con muchas
composiciones de este género, que se le perdió,
que nunca más encontró. También recuerda
el coliseo Inca, el coliseo Nacional de la Victoria, a donde
acudía a espectar las presentaciones folclóricas.
¿Cuál fue el primer huayno?, “Voluble”, contesta
Ranulfo y tararea con su voz grave, profunda:
“Corazón de piedra ingrata
¿por qué eres así, voluble?
Qamllata Kuyayki niwaspa...”
Deja de hablar, luego prosigue “Voluble engañándome,
diciéndome que me querías pero no era sí”,
pero en la traducción del quechua se pierde...
¿Qué importancia tiene el quechua para
ti?
alguna vez me dijiste que era el idioma del alma andina...
Es el arma que necesito para comunicarme. Tiene una fluidez,
esa dulzura que hace el mensaje bastante tierno, profundo
y dulce. Es la llave que abre los corazones, las puertas,
no sólo de las personas, si no de los pueblos del
mundo andino. Una sola palabra puede expresar todo tu sentir,
puede ser una ofensa, una aceptación, un cariño.
El quechua tiene, además, un carácter flexible.
“El Hombre” (Huayno 1970)
Yo no quiero ser el hombre
que se ahoga en su llanto,
de rodillas hechas llagas
que se postra al tirano.
Yo quiero ser como el viento
que recorre continentes,
y arrasar tantos males
y estrellarlos entre rocas.
No quiero ser el verdugo,
que de sangre mancha el mundo,
y arrancar corazones
que amaron la justicia
y arrancar corazones
que buscaron la libertad.
Yo quiero ser el hermano
que da mano al caído,
y abrazados férreamente
vencer mundos que oprimen.
Fuga
Por que vivir de engaños cholita,
de palabras que segregan veneno,
acciones que martirizan al mundo,
¡Ay! Sólo por tus caprichos, dinero,
¡Ay! Sólo por tus caprichos ,riqueza.
Tus composiciones tienen un carácter marcado
por la tristeza pero también proyectan una esperanza.
¿reflejan tu visión de la vida?.
Pueden parecer algo tristes, pero no son trágicas,
ni melodramáticas. Los que piensan que “El hombre”
es triste, están equivocados. Lo que quise decir
allí es que el hombre siempre fue dominado, sojuzgado
por los más poderosos.
Estamos cerca al siglo XXI y el hombre no ha encontrado
esa salida, no encuentran la forma de vencer los obstáculos
sociales, políticos y económicos. En todos
los rincones del mundo hubo héroes, mártires
que salieron a buscar una solución para la humanidad
entera. Por eso puede parecer algo dolorosa. El dolor, Vallejo
trataba en sus obras el dolor humano, no de él
mismo, tenía una dimensión, una proyección
hacia el futuro. Esa dimensión quise dar en “El hombre”.
La proyección de una vida digna para la humanidad,
sin diferencia de clases, la igualdad de justicia, la libertad,
que no existan dominantes ni dominados.
En Ayacucho esta relación de dominación
siempre ha sido notoria. ¿Se puede separar a Ranulfo
Fuentes de sus composiciones?.
Creo que no. Sufrí bastante en la infancia. Vivimos
pobreza. Es allí cuando sentí la ternura de
mi madre, pero faltó el pan en la casa. Sufríamos.
Habían noches de hambre, el frío mismo. No
solamente en mi hogar, en muchos otros. Esto también
lo palpé en la selva con los niños Campas,
descalzos, enfermizos. En la costa, cuando llegué
a los 12,13 años, me marcó la indiferencia
de las gentes, de los poderosos, de los ricos ante los pobres.
Eso me hizo pensar, escribir para cantar.
¿Muy sensible?
Desde niño fui muy sensible, miraba todo, me gustaba
la naturaleza, las flores, el paisaje, los coloridos. También
sufría mucho con lo que veía. Me afectaba
ver salir a mi madre, cuando mi padre estaba lejos, en la
selva, y no teníamos qué comer, a recoger,
viajaba en la única mulita que teníamos a
los pueblos vecinos a conseguir algo. O cuando junto con
mi hermanito agarrábamos nuestra “vilique”, una manta
e íbamos a las chacras. Trabajábamos todo
el día, igual que los campesinos pero sólo
nos daban de comer. Me dolía en el alma, salíamos
a las seis de la mañana y trabajábamos hasta
las cinco o seis de la tarde a pesar de que sentía
el dolor de la cintura por estar agachados, con la lampita,
o moviendo los terrenos. Miraba en todo momento el sol para
que avanzara el día. No miraba una vez, miraba muchas
veces. Durante las cosechas nos daban un poco de papa, un
poco de oca...Todo eso se fue acumulando...
Muchos piensan que tus composiciones están marcadas
por el inicio de la guerra interna, de los 80...
No es así. Hubieron otros hechos históricos
que influyeron. El 69, las luchas estudiantiles. Además
yo era muy amante de la lectura y estaba al tanto de la
primera, segunda Guerra Mundial, de las persecuciones del
cristianismo en Roma. Leía mucho. Pero también
influyó la lucha estudiantil, la derogatoria del
Decreto 006, esa matanza de niños, de estudiantes
de primaria el 21 de junio de 1969 en Ayacucho, cuando vinieron
por primera vez los “sinchis”. Es la primera vez que se
siente ese efecto de los gases lacrimógenos, bombazos,
balas, palos, palizas. Las calles estaban invadidas por
las fuerzas policiales. El 70 escribí “El hombre”,
pero allí no sólo recogí el sentimiento
que me causaron estos hechos. Vietnam también influyó.
No me interesan solamente los problemas, el sufrimientos
de los Ayacuchanos, sino de la humanidad entera. Me interesa
eso, lo universal.
Cuando se inició el conflicto en el país,¿se
transformó tu obra, has recogido el dolor, el sufrimiento?
No sólo se recoge el dolor, también la alegría,
los sentimientos de rechazo, es una protesta, una denuncia
contra quienes realmente son los dueños de la patria,
no contra el pueblo. El pueblo no tiene nada que ver. Más
bien el pueblo reclama sus derechos.
¿Porqué crees que se origina SL (Sendero
Luminoso) en Ayacucho?
Una de las causas es la miseria. Pero además el ayacuchano
es rebelde e indómito. Si retrocedemos en los años,
en la época de los españoles, con Baca de
Castro, y en el Incanato, el ejército de Pachacútec,
que entonces era los representantes de los dominantes cuzqueños
que arrasaban los pueblos del Tahuantinsuyo, encontró
la resistencia en Ayacucho con los Chancas y los Pocras.
Es una rebeldía histórica.
Llena de contradicciones. Durante la lucha por la independencia
hubo quienes lucharon a favor y en contra...
Es lo que está sucediendo hoy, el enfrentamiento
entre los pueblos, entre hermanos. Ahora que se cumplen
500 años sería bueno preguntarse en el Perú
y en toda Latinoamérica cuántos “felipillos”
hemos luchado contra nuestra raza, contra nuestro pueblo,
al lado de los explotadores, de los dominantes. Ahora estamos
luchando entre hermanos.
¿Qué significado tiene el huayno para
el hombre andino?
Es el alma, es la vida misma, es la satisfacción
espiritual. Como baile y canto es el género más
completo. Cuando se dice, en cualquier lugar, que se va
a tocar un huayno “Huaynuchata tukaykamuy”, significa que
va a haber algarabía, de cantar, bailar y gozar.
No podemos decir que el huayno es triste, depende como uno
lo interpreta, depende de la emoción que uno tiene.
Si está triste, alegre.
Hace un año me dijiste que no había que
teorizar sobre el huayno, ¿has cambiado de opinión?
La discusión en torno al huayno tiene un carácter
social. El huayno campesino es el huayno del pueblo, es
bastante alegre, irónico, sarcástico y satírico;
habla de la naturaleza, de su trabajo, de sus animales,
de sus dominantes, ironizando, satirizando. El huayno de
los dominantes es más señorial, pinta más
a las florcitas, al amor, al desdén, al sentimiento,
todavía están pensando como Bécquer
en el romanticismo.
Muchos dicen que tú has marcado una etapa en
el huayno, dándole una connotación más
social.
Lo que sucede es que habían autores, pero que son
anónimos. Pero existen composiciones como “Adiós
pueblo de Ayacucho”,” Huérfano pajarillo “, “Negra
del alma”, “Chuncullay”, “Amarillito”.
¿Cuál es el papel del huayno dentro de
la cultura oral?
La mayor parte de los pueblos andinos, campesinos, recogen
abiertamente en forma oral la historia, y las recogen oralmente,
aprenden las canciones escuchando. El pueblo campesino no
declama. La canción tiene más acogida que
la poesía. Ellos crean en forma espontánea
las canciones, pero no como poesía pura. Pero en
el fondo son poéticas. El quechua tiene un papel
importante, les da ese carácter profundo. Pero para
ellos no es poesía, para ellos es el canto mismo,
es el canto de la vida, de sus paisajes, de sus costumbres,
de su familia, de su pueblo. Allí está encerrada
la poesía, la música, el canto.
¿Qué papel ha jugado la bohemia en tu
vida, ha influido en tu producción musical?
Sí. Desde pequeño acompañaba a mi padre
a las fiestas patronales del pueblo. Le seguía, allí
escuchaba a las bandas de música, a los charanguistas
del pueblo. En las noches de Punqui, de San Miguel, con
los danzantes de tijeras. Cuando aprendí a tocar
la mandolina iba a las fiestas, los cumpleaños. Entonces
se tomaba chicha de jora, caña pura de Sarabamba.
Ahora, hasta en los rincones más helados, se toma
cerveza. Pero yo aprendí muy tarde a tomar. Además,
una cosa es ser bohemio y otra cosa es ser tomador.
Has hablado de la vida, el paisaje, pero no de la muerte.
En Ayacucho ha habido mucha muerte, pero yo quisiera tocar
la vida; la muerte es pesimismo, es el fracaso último
de la vida. Pero cuando una persona que piensa en el futuro
tiene una fe, una esperanza, deja de lado el tema de la
muerte.
Acaso este no es un mecanismo de auto defensa, el no
hablar de muerte, de evitar hablar sobre violencia política.
Si a alguien lo matan por la calle, nadie habla.
Es el temor mismo, nadie quiere hablar. Parece que se ha
vuelto una cosa cotidiana. Eso como si el espíritu,
el alma del ayacuchano se hubiera encallecido. Pero el dolor
que nos causa la muerte aquí persiste, también
está el temor, persiste la impunidad. Hay gente que
sabe pero por temor no dice nada. Porque existe esa sensación
de que en todas partes estamos vistos, que saben de nuestras
vidas, con quienes estamos. Pero la muerte es algo latente.
Hoy estamos vivos, pero nos preguntamos: ¿mañana,
quién será?
¿Te afecta la impunidad?
Me afecta que las cosas queden así, silenciadas,
sin castigo.
¿Has recogido los mitos andinos en tus composiciones?
Tiene mucho significado. En “Inti Sol”: si todas las aves
del mundo volaran hacia el horizonte / alzando con una sola
fuerza la montaña que nos pesa / o el carnaval que
dice “Urqukunam rimanakun / kukankuta akuykuspa / urqukunam
qayanakun / kukankuta qawaykuspa / paqarinmi achikmunqa
/ churinchikuna kutimunqa / palma sacha wikrarisqa / Qarway
sara marqarisqa”. Allí hablo de la inmortalidad del
hombre, de que va a haber una resurrección.
Finalmente entre huaynos, yaravíes y marinera reúne
más de 150 composiciones.